Apalancarse es invertir más dinero del que tienes. Si con 10.000 € propios y 10.000 € prestados compras 20.000 € de acciones, estás apalancado dos veces: una subida del 10 % te da un 20 % sobre tu capital, menos los intereses del préstamo. Una hipoteca es la forma de apalancamiento más común, aunque rara vez se llame así.
El problema es que el multiplicador funciona igual hacia abajo. Con un apalancamiento de dos veces, una caída del 10 % se convierte en una pérdida del 20 %, y una del 50 % se lleva todo tu capital. Peor aún, el prestamista puede obligarte a vender en mitad de la caída, convirtiendo una pérdida temporal en definitiva.
Por eso el apalancamiento no cambia la calidad de una inversión, solo su tamaño y su fragilidad. Usado por gestores profesionales con coberturas ya es un riesgo serio; en una cartera personal pensada para décadas, la pregunta útil es qué pasaría con él en la peor caída de la historia, no en un año normal.
