La volatilidad mide cuánto se mueve un precio alrededor de su media. Un fondo con una volatilidad anual del 18 % tendrá años de +25 % y años de −15 % sin que nada extraordinario haya ocurrido.

Conviene separarla del riesgo. El riesgo, para alguien que ahorra a treinta años, es no alcanzar su objetivo; la volatilidad es solo el precio de admisión que cobran los activos que históricamente lo hacen posible. Un depósito no tiene volatilidad y sí tiene un riesgo enorme para ese objetivo: la certeza de perder poder de compra frente a la inflación.

Donde la volatilidad se convierte en riesgo real es cuando obliga a vender: porque el horizonte era más corto de lo previsto, porque no había fondo de emergencia, o porque el nivel de caída era insoportable.